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Estrechez de corazón por Carlos Ivan Degregori

Estrechez de corazón (tomado de Peru.21)
 
Por Carlos Ivan Degregori
 
11 de setiembre. Prendo la televisión y me encuentro con la ceremonia de conmemoración del cuarto aniversario de la destrucción de las Torres Gemelas. En un podio se suceden hermanos que leen los nombres de las 2,749 víctimas, mientras personas arrojan rosas en un estanque. Lloro. Sé que no es la manera de comenzar una columna de opinión, pero no importa. Son gente extraña, que lee en un idioma ajeno, pero igual lloro, como si un hermano mío hubiera fallecido ese día en Nueva York. Sé que lloro también en diferido, me excuso, por lo que sucedió en nuestro país durante el conflicto armado interno.
 
Extrañamente, durante las ceremonias del segundo aniversario de la entrega del Informe Final de la CVR, que tuvieron lugar hace dos semanas, todo era alegría para quienes allí trabajamos. El viernes 26, alrededor de diez mil personas desfilaron por el Campo de Marte. Cualquier partido hubiera querido una concentración así. No tanto por la cantidad, sino por la calidad de los asistentes. No había portátiles, sino miles de jóvenes organizados en centenares de colectivos. Jóvenes que mayoritariamente se resisten a militar en algún partido, porque no encuentran allí respuestas a sus demandas, que incluyen un tema olvidado, no en los discursos pero sí en la acción: compromiso ético. Y los jóvenes, como el personaje del Cazador en el centeno, o como Mafalda, son por lo general bastante buenos para descubrir la hipocresía.
 
La manifestación prácticamente no repercutió en la prensa, copada por los escándalos palaciegos de cada día. Pero fue la culminación de una larga caminata que cuatro jóvenes emprendieron por el Qhapaq Ñan, desde la frontera con Ecuador hasta la frontera con Bolivia. En cada pascana movilizaron núcleos de simpatizantes, sensibilizaron a la opinión pública local, lograron apoyos de autoridades y fueron tejiendo el Quipu de la Memoria. Cuatro siglos después de la desaparición de los kipukamayoq, este gran quipu multicolor sí se puede descifrar. Su mensaje es simple: que la tragedia de las décadas previas no se repita.
 
Dos días después, el domingo 28, se inauguró en Jesús María un monumento en forma de laberinto con senderos flanqueados por miles de pequeños cantos rodados, en cada uno de los cuales se ha escrito el nombre de una víctima. Muchos dejan así de ser N.N. y se convierten en seres que alguna vez fueron de carne y hueso, que dejaron parientes, amigos y compatriotas que se conduelen por su desaparición. Quizás cada familia debió enviar una piedrita con el nombre de su ser querido, pero esto puede venir más adelante.
 
Me tocó ver en Washington la gran colcha tejida en memoria de las víctimas del sida. Cada familia tejía un retazo e insertaba en ella recuerdos del fallecido: una foto, un peluche, una pequeña inscripción del hijo, la esposa o el amigo, un recuerdo de infancia. Era 1996 y fue la última vez que la colcha pudo ser expuesta, porque se había vuelto desmesuradamente grande y no había espacio público en el país que pudiera acogerla, ni siquiera el inmenso mall de Washington por el que caminábamos con dos amigos peruanos, mientras por altoparlantes transmitían los nombres de los fallecidos.
 
Nunca vi tanto amor concentrado en una creación humana, tanto que ya no importaba si esas víctimas habían sido hombres, mujeres o niños; heterosexuales, homosexuales o bisexuales; despistados, promiscuos o simples víctimas de una transfusión mal hecha. La colcha borraba estigmas, derrumbaba prejuicios y nos obligaba a reconocer que todos eran -y éramos, al conmovernos- seres humanos, prójimos.
 
Claro que los tiempos cambian, y en la década transcurrida desde entonces, la idea de que todos los seres somos de igual valor ha ido perdiendo terreno, incluso en el país de la colcha. Pero hablaba del 11 de setiembre, de cómo hay eventos y reacciones -la de los bomberos, la del alcalde y los ciudadanos de Nueva York, la del propio Bush en ese momento- que catalizan a todo un país y despiertan una solidaridad que parecía irreversiblemente adormecida. Cuatro años después, es triste ver cómo ese capital invalorable se desperdicia y esa unidad se resquebraja por decisiones como la guerra en Irak o el manejo de la tragedia provocada por el huracán 'Katrina'.
 
Es indudable que un ataque externo tiende a unificar a un país, mientras que un conflicto armado interno tiende a dividirlo. Pero EE.UU. demuestra cómo un gobierno puede destejer tan minuciosamente esa unidad lograda el 2001 y cómo un ataque externo, en este caso un embate terrible de la naturaleza, puede dividir en vez de unificar. Pero aun cuando hay eventos que dividen, plantearse luego la pregunta "¿qué hicimos mal?", puede ser clave para una reunificación sobre nuevas bases, para una reconciliación.
 
Los norteamericanos comienzan a hacerse esta pregunta y ojalá el huracán les sirva para que vuelvan al primer plano problemas como la pobreza, la desigualdad, el racismo, la forma de combatir al terrorismo, la política energética, el modelo económico que reduce impuestos a los más ricos, recorta los programas sociales y expande el déficit, en vez de obsesionarse tanto con Darwin o con la sacralidad del óvulo apenas se encuentra con el espermatozoide, casi como los bizantinos con el sexo de los ángeles.
 
En nuestro país, desgraciadamente, la pregunta ni siquiera está en la agenda política. No queremos reconocer que algo gravísimo sucedió en las décadas previas; que muchos hicimos muchas cosas muy mal, además de Abimael Guzmán. No queremos reconocernos siquiera como un país de posguerra, y que muchos de nuestros problemas tienen que ver con esa condición.
 
Por el contrario, dos años después, una segunda ofensiva se despliega contra los hallazgos y recomendaciones de la CVR, utilizando no solo a los sospechosos de siempre, sino recurriendo incluso a insultos anónimos y racistas. Son quienes quieren regresar al statu quo ante y eliminar toda huella de un informe incómodo porque choca frontalmente contra lo que es políticamente correcto hoy en el Perú, y que pocos políticos se atreven a cuestionar.
 
 
Cierto, esto no fue Chile porque no hubo un Pinochet y en cambio tuvimos un Sendero Luminoso. Pero tal vez fue peor, porque aquí la mayoría de víctimas se produjeron bajo gobiernos democráticos, que "abdicaron su autoridad democrática". ¡Qué diferencia con la España de marzo del año pasado! Menos de 48 horas después del atentado terrorista en Madrid, diez millones de personas salieron a las calles de decenas de ciudades con una misma banderola que decía: "Por la paz, contra el terrorismo, DENTRO DE LA CONSTITUCIÓN". El subrayado es mío porque esa tercera parte es la que nos faltó. Estuvimos -¿estamos?- dispuestos a que se acabara con SL "a cualquier precio", trocando constitución y democracia con seguridad; dispuestos a considerar como un costo social ineludible esas miles de víctimas producidas no solo por SL sino también por agentes del Estado.
 
Luego de ver el pantano en el cual se hunde la mayor potencia de la historia de la humanidad por seguir caminos parecidos, deberíamos revisar lo acertado de un tal trueque, al menos sopesar sus límites y sus consecuencias.
 
Hace unos meses se suscitó en medios académicos otra polémica: si más del 70% de las víctimas fueron quechuas y asháninkas, ¿lo fueron debido al racismo que todavía impregna nuestra sociedad, o por una suerte de fatalidad geográfica en tanto la guerra se desarrolló en sus territorios? Por ahora, incorporo a esa polémica solo la extraordinaria caricatura de Carlín, aparecida el 11 de setiembre. En ella se ve a un Bush jugando al golf que asegura: "Francamente es absurdo que digan que abandonamos a la gente de Nueva Orleáns por ser negra. Nosotros abandonamos a los pobres por igual, sin discriminación de ninguna raza".
 
Lo cierto es que negarnos a reconocer errores y emprender profundas reformas institucionales, como las que planteó la CVR, no solo nos condena a una política cortoplacista, que cree que lograda la eficiencia económica todo el resto se nos dará por añadidura, sino que revela un rasgo definitorio de nuestras élites y de lo políticamente correcto en el Perú actual: estrechez de corazón.

4 comentarios:

  1. maju hierba said,

    genial la caricatura de carlin, el siempre tan acido.

    Yo fui a lo del segundo aniversario de la entrega del informe final. Me dio mucho gusto ver a tanto chibolo, escolares que uno alucina hueveando a tiempo completo frente a la PC iban de lo mas contentos.

    Eso si, casi no habia camaras de los medios.

    Pais de mierda este donde la borrachera de cualquier futbolista de mierda acapara mas camaras (y mas publico)que el recuerdo de lo que no deberia volver a pasar.

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    Eso que te pusieron sobre la repeticion del comentario es bien tipico de la coctelera.com. Son bromistas, o eso se alucinan.

    Buenos días.

    on 10:22 a. m.


  2. Kinua said,

    Yo fui el domingo siguiente, después de inaugurado, para ver el monumento y dar una vuelta por el laberinto de la alameda de la memoria. Fui con mi enamorada. Al llegar a la puerta un sereno impidio que pasara. Me dijo que el horario era de lunes a viernes. Era domingo 3pm. Adentro habían personas transitando. Segun el sereno la escultora les habia dado las facilidades. Eran deudos. Yo ciudadano peruano y mi enamorada, ciudadana peruana dedicada a la defensa de los DDHH no teniamos derecho a pasar al monumento construido para recordar y reconciliar. Al no querer decirnos el sereno ante quien quejarnos (se negó a decirnos quien era su superior que había dado orden tan absurda), procedimos a ingresar.

    Ya dentro del espacio público del CAMPO DE MARTE, ahi donde se ha construido el monumento que construye la memoria de nuestra nación, fuimos expulsados por la escultora Lika Mutal. Estuvimos con una cámara, intentó arrancharnosla. Después de ser expulsados de la memoria de nuestra nación, otro señor, al parecer su acompañante, procedió a AMENAZARNOS con un "Chau, cuidate mucho. Si sigues así no va a salir bien".

    En ese momento me di cuenta que el informe de la comisión al mismo tiempo que fracasaba con esta amenaza violenta, reafirmaba la exclusión segregacionista. Dos personas de hablar extranjero terminaban expulsando a dos ciudadanos peruanos de la memoria colectiva de nuestra nación. Se violó nuestro derecho al libre transito por territorio nacional, al no dejarnos ingresar a un parque público como lo es el campo de marte, enrejado por todos sus costados.

    on 1:49 a. m.


  3. Anónimo said,

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